Indiscutiblemente, yo percibo mi labor como una actividad de gran importancia y trascendencia en la formación del individuo. Así percibí yo a mi maestro de primaria. Y aunque en la actualidad el docente, maestro, profesor, o como se le llame en los distintos niveles educativos, ya no sea identificado con el mismo nivel de autoridad moral, que antaño tenía en la formación de las generaciones, yo así concibo la labor docente: de una enorme responsabilidad.
En este sentido, puesto que así la concibo, así actúo. Soy una persona en la que descansa la responsabilidad de compartir mis conocimientos y aprender de mis alumnos; pero, también, sé que debo predicar con el ejemplo las actitudes que un mundo globalizado y altamente competitivo demanda de los nuevos profesionales.
Por eso, estoy consciente que es mi responsabilidad preparar con atención cada uno de los temas y seleccionar las estrategias más acordes a las características de los grupos, que les permita con mayor facilidad apropiarse de los conocimientos, habilidades y actitudes que le van a servir en un futuro.
En esa medida, sé que tengo un programa que seguir, pero también sé que ese programa tiene contenidos prioritarios que deben contextualizarse a la realidad cercana de los estudiantes, para que vean la utilidad que tiene la información o los trabajos que se derivan de los temas en su vida cotidiana o en su futuro profesional.
Quiero quedar en la memoria de mis alumnos como un docente interesado en él, en su aprendizaje, en su formación: en su futuro.
Desde que inicié mi vida profesional, lo hice en el sector educativo; y estoy convencida que mi compromiso está con él y con mis alumnos. Por ellos me preparo, por ellos me esfuerzo, por ellos trato de ser cada vez mejor: por ellos estoy aquí.
viernes, 9 de octubre de 2009
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